Con Machado, el profesor poeta, llego a mi post 500.
El pasado año, 2007, ha sido año machadiano en Soria.
Hasta allí me dirigí a pasar un par de días y volver a recorrer los mismos lugares que años atrás había visitado.
"Soria fría, Soria pura, cabeza de Extremadura.
Con su castillo guerrero
arruinado.
El Duero,
Con sus murallas roídas
y sus casas renegridas."
Hoy ya no es como en tiempos del poeta. Hoy, Soria es una ciudad espléndida, llena de vida y actividad de todo tipo.
La primera vez que visité Soria fue en una excursión de colegio que hicimos a las ruinas de Numancia.
Nos llevaron a conocer los lugares donde Machado había vivido, trabajado, gozado o descrito en sus libros:
El Instituto donde impartió clases de Francés, el Parque de la Alameda - hoy de Cervantes - donde paseaba las tardes de los domingos con su amada esposa y, cómo no, el viejo olmo.
Lo que son los críos. En aquel momento, por más entusiasmo que le puso el profesor de Literatura a la lectura del soneto, yo sólo veía un esqueleto de árbol.
Eso sí, con curiosidad infantil, miré a ver si veía alguna hoja, recordando lo que habíamos oido en clase:
"Al olmo viejo, hundido por el rayo,
y en su mitad partido,
con la lluvia de abril y el sol de mayo,
alguna hoja verde le ha salido."
Pero no la vi.
Revisité los lugares de mi infancia. Subí de nuevo al castillo - o lo que resta de él - y desde allí divisé el Duero - 'río al que nadie a acompañarme baja' - y 'la curva de ballesta', de que habló el poeta.
Yo sí bajé a acompañarle. Por eso me dirigí hacia la ermita de San Saturio y allí, en 'el rincón de los poetas', me senté a descansar unos instantes antes de visitarla.
Imposible no contemplar desde allí los álamos de la ribera y recordar los versos machadianos:
"He vuelto a ver los álamos dorados.
Alamos del camino en la ribera del Duero,
Entre San Polo y San Nurio.
De Soria - barbacana hacia Aragón.
En castellana tierra."
El recuerdo que esta vez me traje de Soria fue la visita al sepulcro de su amada esposa que, por motivos obvios, no nos habían enseñado cuando colegiales.
Fue muy emotivo porque la muerte de Leonor constituyó un terrible golpe para el poeta sevillano, del que no se recuperaría ya nunca más.
Recordé cómo describió en 'Campos de Castilla' la visita, sin ser invitada, de la muerte a su casa con aquellos tremendos versos:
"Una noche de verano
- estaba abierto el balcón
y la puerta de mi casa -
la muerte en mi casa entró."
Y así, con este recuerdo melancólico, me despedí de la cudad castellana con un:
¡Hasta siempre, Soria!
Porque espero volver en breve.