El día que mandé callar al Presidente del Tribunal Supremo.
Esta es una de esas anécdotas que te suceden una o ninguna vez en la vida, y que uno espera contársela a sus nietos algún día.
Porque es sabida la enorme capacidad que poseen los críos para creerse cuanto les cuentan sus abuelos.
Posiblemente, por el cariño que ven en ellos.
Es también de esas que, si se las cuentas a tus amigos o, simplemente, no se las creen aunque se guardan de llamarte mentiroso, porque te quieren.
O alguno de ellos te soltará algo así como:
"Y yo mandé callar al Rey, no te jode".
La cosa es que hoy tocaba visitar algún pueblo de la Comunidad de Madrid.
Escogí El Pardo por el motivo que explicaré más adelante.
Visité primero La Quinta del Duque de Arco, aristócrata madrileño, íntimo del rey Felipe V.
Caminé un rato por la curiosa finca que rodea el palacete, mitad huerta, mitad jardín francés.
Comi en un restaurante cercano, situado en pleno bosque de encinas y tras la sobremesa, me dirigí hacia El Pardo.
Como sabía que, tras más de 18 años cerrado, acababa de rehabilitarse este mismo año, me encaminé a la Casita del Principe.
Allí fue donde me sucedió la anécdota de mi vida.
Esperábamos entrar al palacete - construido como una maqueta del Museo del Prado por el arquitecto Vllanueva para Carlos III, para casa de recreo junto al Palacio de El Pardo.
Eramos dos pequeños grupos de visitantes.
Uno, donde yo me encontraba, formado por media docena de personas.
En el otro, a un par de metros, se hallaban una persona mayor y dos más jóvenes.
Yo me encontraba de espaldas a este grupo más pequeño.
Comenzó nuestro guía la explicación y, tras unos minutos donde se oía más hablar al otro guía y a la persona mayor que al nuestro, me volví instintivemente hacia ellos, creyendo que formaban parte de nuestro grupo.
Les dije: "¿Por favor, callense que el guía ya ha comenzado la explicación".
Ni caso.
Pero se entraron enseguida.
Entramos también nosotros tras unos breves instantes y, acabando de visitar un par de salas, nos cruzamos con el otro grupo.
Entonces fue cuando le pedí a la tierra que me tragara
Una de las personas era, evidentemente, un guía del pequeño palacio. No le había reconocido antes.
La persona mayor, como me confirmó nuestro guía, era el presidente del Tribunal Supremo, al mismo a quien yo le había mandado callar.
Y el más jóven era su guardaespaldas.
Si mañana no recibo una citación para el juzgado, es que quien manda en la Justicia en España es una buena persona y no me guarda rencor.

riselo dijo
Amig@s bloguer@s:
No tenemos muchas cosas que contar.
Nuestras vidas suelen ser anodinas.
El que ayer me sucediera esto, va su poner para mí tener algo que contar el día de mañana.
Debo de confesar que no es la primera vez que hablo de este juez en este blog y siempre bien.
Me parece una buena persona: sencillo, culto y muy religioso.
Iba vestido como cualquier persona: con un más que modesto jersey azul claro.
Espero que en el asunto del juez Garzón no me defraude.
Porque entonces no me tendría que arrrepentir de haberle hecho callar una vez.
11 Abril 2010 | 12:32 AM